lunes, 1 de junio de 2009
lunes, 4 de mayo de 2009
Congénito en una cueva
Ser, alegremente, su doctrina. Ser decididamente, su dentadura. Tiernamente, la piel de la yema de sus dedos y los surcos que dejó ese escalpelo que nos cortó la cabeza. Ser la parte podrida, nefasta, la parte que todos han despreciado, la que no prefirió Cándida al leernos Macbeth en el alba y a la que siempre Ariel Insolina escupe.
Después de todo y de mi amargura reducida a dos semanas de duelo y ayuno, Ariel Insolina me pregunta cómo he estado. Yo le respondo que ahora pienso mejor, ya que “la filuda” cumplió, debidamente, sus expectativas, pero siempre hay que pagar un precio y eso a él le remuerde la conciencia.
Después de unos días, en el alba, cuando Cándida estaba preparada para Macbeth, me lo volví a cruzar.
- Ariel Insolina: ¿Cómo te has sentido?
- Leira Anilonsi: Ahora pienso mejor, pero eso a ti te remuerde la conciencia.
- Ariel Insolina: ¿No me quieres decir la verdad? Ya solo te veo en el alba y me esquivas como si se tratase de tu mas terrible pesadilla
- Leira Anilonsi: Debes comprender, Ariel, que el escalpelo a dejado surcos más profundos de los imaginables, que te tocó a ti y no a mí; ahora soy más inteligente.
- Ariel Insolina: ¿Alguna vez podremos compartir las faenas de antes?
- Leira Anilonsi: Compartiremos a Cándida y a Macbeth, ahora me voy.
Ariel Insolina tomó parte primero, yo, que me iba, no me moví, pues esperaba el desenlace. Se me hacía tan raro que ya casi a punto de cruzar el umbral no hiciera nada, hasta que su vanidad lo venció y dio la vuelta, llegó hasta mí y me escupió.
- Leira Anilonsi: Soy más inteligente Ariel Insolina
Él ya no me escuchaba, se había ido. Ariel Insolina ha despertado en mí un sentimiento contradictorio, antes sentía que paseándome me protegía, pues yo no alcanzaba el suelo ni tenia zapatos para enfrentarme a el. Ariel Insolina me escupe, y yo sé que todo lo que hizo fue para estar más cómodo.
Una de las últimas conversaciones que tuve con Ariel Insolina fue en los jardines de Andrade, con una limonada helada al pie de su charco cenagoso.
- Leira Anilonsi: Me han dicho que te estas sintiendo fatigado, esa empresa no debe ser fácil.
- Ariel Insolina: Me estoy volviendo viejo, ya no me acuerdo del código postal y el pelo se me esta poniendo blanco.
- Leira Anilonsi: Te faltó mencionar las arrugas ¿Sabes que tu cicatriz ya esta casi desaparecida?
- Ariel Insolina: ¿Cómo lo sabes? Seguro es por la calvicie que deja verla, siempre tienes que estar agrediéndome.
- Leira Anilonsi: Me colgaré de un árbol y tu existencia estará resuelta, y no me digas que no porque ya no soy un anexo de tu cuerpo, ya dejaste de transportarme. Soy feo y tengo una cicatriz en la cabeza, pero no me han tocado el cerebro, a ti te lo han rebanado.
- Ariel Insolina: Leira Anilonsi, dejaste de ser mi hermano querido. No vuelvas a mirarme a los ojos.
- Leira Anilonsi: Dejé de ser tu hermano cuando preferiste la buena cara a compartirme. Te quedaste con el garbo, pero te han descerebrado, ¡Ahora pienso mejor! ¡Soy más inteligente, soy más inteligente!
En el exilio, Cándida me envió una carta. En esta decía que Ariel Insolina se había suicidado colgándose de un árbol y que sus ultimas palabras fueron: “Muere conmigo la vanidad de un Dios humano y resplandece la sabiduría del nefasto, hijo de mi única madre”.
Ahora mismo, en esta caja de cartón, me pregunto si Ariel Insolina hubiera podido tomar otra decisión. Yo mismo me he respondido y solo me he dicho que nunca más volveré a ser un siamés, pues sociabiliza y yo estoy bien en esta mi caja de cartón.
Después de todo y de mi amargura reducida a dos semanas de duelo y ayuno, Ariel Insolina me pregunta cómo he estado. Yo le respondo que ahora pienso mejor, ya que “la filuda” cumplió, debidamente, sus expectativas, pero siempre hay que pagar un precio y eso a él le remuerde la conciencia.
Después de unos días, en el alba, cuando Cándida estaba preparada para Macbeth, me lo volví a cruzar.
- Ariel Insolina: ¿Cómo te has sentido?
- Leira Anilonsi: Ahora pienso mejor, pero eso a ti te remuerde la conciencia.
- Ariel Insolina: ¿No me quieres decir la verdad? Ya solo te veo en el alba y me esquivas como si se tratase de tu mas terrible pesadilla
- Leira Anilonsi: Debes comprender, Ariel, que el escalpelo a dejado surcos más profundos de los imaginables, que te tocó a ti y no a mí; ahora soy más inteligente.
- Ariel Insolina: ¿Alguna vez podremos compartir las faenas de antes?
- Leira Anilonsi: Compartiremos a Cándida y a Macbeth, ahora me voy.
Ariel Insolina tomó parte primero, yo, que me iba, no me moví, pues esperaba el desenlace. Se me hacía tan raro que ya casi a punto de cruzar el umbral no hiciera nada, hasta que su vanidad lo venció y dio la vuelta, llegó hasta mí y me escupió.
- Leira Anilonsi: Soy más inteligente Ariel Insolina
Él ya no me escuchaba, se había ido. Ariel Insolina ha despertado en mí un sentimiento contradictorio, antes sentía que paseándome me protegía, pues yo no alcanzaba el suelo ni tenia zapatos para enfrentarme a el. Ariel Insolina me escupe, y yo sé que todo lo que hizo fue para estar más cómodo.
Una de las últimas conversaciones que tuve con Ariel Insolina fue en los jardines de Andrade, con una limonada helada al pie de su charco cenagoso.
- Leira Anilonsi: Me han dicho que te estas sintiendo fatigado, esa empresa no debe ser fácil.
- Ariel Insolina: Me estoy volviendo viejo, ya no me acuerdo del código postal y el pelo se me esta poniendo blanco.
- Leira Anilonsi: Te faltó mencionar las arrugas ¿Sabes que tu cicatriz ya esta casi desaparecida?
- Ariel Insolina: ¿Cómo lo sabes? Seguro es por la calvicie que deja verla, siempre tienes que estar agrediéndome.
- Leira Anilonsi: Me colgaré de un árbol y tu existencia estará resuelta, y no me digas que no porque ya no soy un anexo de tu cuerpo, ya dejaste de transportarme. Soy feo y tengo una cicatriz en la cabeza, pero no me han tocado el cerebro, a ti te lo han rebanado.
- Ariel Insolina: Leira Anilonsi, dejaste de ser mi hermano querido. No vuelvas a mirarme a los ojos.
- Leira Anilonsi: Dejé de ser tu hermano cuando preferiste la buena cara a compartirme. Te quedaste con el garbo, pero te han descerebrado, ¡Ahora pienso mejor! ¡Soy más inteligente, soy más inteligente!
En el exilio, Cándida me envió una carta. En esta decía que Ariel Insolina se había suicidado colgándose de un árbol y que sus ultimas palabras fueron: “Muere conmigo la vanidad de un Dios humano y resplandece la sabiduría del nefasto, hijo de mi única madre”.
Ahora mismo, en esta caja de cartón, me pregunto si Ariel Insolina hubiera podido tomar otra decisión. Yo mismo me he respondido y solo me he dicho que nunca más volveré a ser un siamés, pues sociabiliza y yo estoy bien en esta mi caja de cartón.
lunes, 20 de abril de 2009
Segundo Acto
viernes, 10 de abril de 2009
martes, 31 de marzo de 2009
El abejorro busca el nectar de la flor más rosada
Yo no anduve frecuentemente por los últimos arenales de este continente, no osé en entablar alguna relación con el céfiro caluroso de los días de semana, menos en el dos mil nueve cuando me dicen que los polos están por sucumbir; quizá en la vida de algún yo lo haría. Pero ese día fue especial y casi, con mucho propósito, premeditado.
Muy esporádicamente me doy cuenta de cuando dos días (seguidos o lejanos) son por mucho, y por tan poco, uno solo. Esto me ha ocurrido infinidad de veces, he reflexionado sobre ello, he escrito un estudio, pero sigue pareciéndome sorprendente a veces hasta extraño. Suelo ser muy calculadora cuando se trata de estas cosas y, peor aún, cuando se tiene tres amenazas inminentes (unas más que otras) quienes no se doblegarían al hacerse valer y respetar, aunque esto implique quebrantar un derecho poderoso: el placer. Esta es mi preocupación perenne, no califica como perenne y es algo sosa, pero al fin y al cabo tengo pocos años en mi haber lo que de no darme derecho a esta preocupación reduciría, al menos, la burla. Pero nada es gratis y de ser descubierta por una vivaz argentina de doce años, amante de los secretos, estaría codeándome con las prodigas del boulevard de Asia y alrededores.
En este ambiente veraniego de playa y sol me rindo acalorada a darle paso y bendiciones a mi yo libidinoso, morboso y ululante esperando se digne a contar parte de la experiencia que yo vengo dilatando desde hace un rato.
Las gotas de sudor caen sobre mi pecho ardiente, se deslizan y hierven. Sus manos recorren los ensanchamientos y mi entera fisionomía en un ambiente astral ya no cerca del sol, la arenita y el mar. Dejando el recato, hace mucho ya olvidado, vuelvo mi cuerpo sobre el suyo y comienzo a moverme de arriba a abajo. De pronto voy tornándome de otros colores y mi espíritu arranca con vehemencia los jirones de humanidad convirtiéndome en una gacela, siempre un tanto amaestrada. El ambiente astral va tomando el olor particular de estas sesiones amatorias y sugiere un desenfreno mayor, la practica de cómo dar vida. Cuando la gacela se ve cansada el macho la percibe y se vuelca a su lado. Cada uno va tomando figuras más humanas, van respirando.
Yo dialogo bastante en estas sesiones, sobre todo en los momentos de descanso cuando el yo animal se desmorona fatigado.
Cuando pasa pasó y encamina y da las bienaventuranzas al exento camino de días como este, cuando mi goce llega a su máxima expresión, cuando mi ser se eleva, cuando quisiera conocer mas estaciones ambientales y, definitivamente, cuando gotas saladas de un sentimiento amplio y calmador hacen de esta sensación orgásmica la opera prima de mi repertorio abrazador y amoroso.
Gracias gacela macho por las manos, las orejas y el cuello, pero, sobre todo, gracias por el rocío aromático que desprendes en mí en cada sesión y que se extiende en mi espacio arremetiendo contra el tiempo, detestable cuando se trata de esto, haciendo que mi ser quede elevado, no solo dicha tarde, sino todos los días.
Muy esporádicamente me doy cuenta de cuando dos días (seguidos o lejanos) son por mucho, y por tan poco, uno solo. Esto me ha ocurrido infinidad de veces, he reflexionado sobre ello, he escrito un estudio, pero sigue pareciéndome sorprendente a veces hasta extraño. Suelo ser muy calculadora cuando se trata de estas cosas y, peor aún, cuando se tiene tres amenazas inminentes (unas más que otras) quienes no se doblegarían al hacerse valer y respetar, aunque esto implique quebrantar un derecho poderoso: el placer. Esta es mi preocupación perenne, no califica como perenne y es algo sosa, pero al fin y al cabo tengo pocos años en mi haber lo que de no darme derecho a esta preocupación reduciría, al menos, la burla. Pero nada es gratis y de ser descubierta por una vivaz argentina de doce años, amante de los secretos, estaría codeándome con las prodigas del boulevard de Asia y alrededores.
En este ambiente veraniego de playa y sol me rindo acalorada a darle paso y bendiciones a mi yo libidinoso, morboso y ululante esperando se digne a contar parte de la experiencia que yo vengo dilatando desde hace un rato.
Las gotas de sudor caen sobre mi pecho ardiente, se deslizan y hierven. Sus manos recorren los ensanchamientos y mi entera fisionomía en un ambiente astral ya no cerca del sol, la arenita y el mar. Dejando el recato, hace mucho ya olvidado, vuelvo mi cuerpo sobre el suyo y comienzo a moverme de arriba a abajo. De pronto voy tornándome de otros colores y mi espíritu arranca con vehemencia los jirones de humanidad convirtiéndome en una gacela, siempre un tanto amaestrada. El ambiente astral va tomando el olor particular de estas sesiones amatorias y sugiere un desenfreno mayor, la practica de cómo dar vida. Cuando la gacela se ve cansada el macho la percibe y se vuelca a su lado. Cada uno va tomando figuras más humanas, van respirando.
Yo dialogo bastante en estas sesiones, sobre todo en los momentos de descanso cuando el yo animal se desmorona fatigado.
Cuando pasa pasó y encamina y da las bienaventuranzas al exento camino de días como este, cuando mi goce llega a su máxima expresión, cuando mi ser se eleva, cuando quisiera conocer mas estaciones ambientales y, definitivamente, cuando gotas saladas de un sentimiento amplio y calmador hacen de esta sensación orgásmica la opera prima de mi repertorio abrazador y amoroso.
Gracias gacela macho por las manos, las orejas y el cuello, pero, sobre todo, gracias por el rocío aromático que desprendes en mí en cada sesión y que se extiende en mi espacio arremetiendo contra el tiempo, detestable cuando se trata de esto, haciendo que mi ser quede elevado, no solo dicha tarde, sino todos los días.
jueves, 19 de marzo de 2009
Los Atletas
En tu mirada deslumbrante me perdí
mas un instante entre el fuego de el camino que me guió a tu destino…
Anonadado en tu presencia admirando tu belleza
despampanante atraviesa tu alma que mi ser embelesa,
pues tu sonrisa anhelé ver, pero el destino se opuso,
ya que el tiempo evitó que mi alma tenga el gusto
mas en los sueños de tu mente, estar constantemente.
Mi alma siempre cuidará tu ser de el que me enamora intensamente
Anonadado en tu presencia admirando tu belleza
despampanante atraviesa tu alma que mi ser embelesa,
pues tu sonrisa anhelé ver, pero el destino se opuso,
ya que el tiempo evitó que mi alma tenga el gusto
mas en los sueños de tu mente, estar constantemente.
Mi alma siempre cuidará tu ser de el que me enamora intensamente
M.
(Recordando a quien pretendió presentarme a la madre luna)
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AU REVOIR
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